1 jun 2011

A palabras necias, oídos sordos

El Dr. van Uto, mi psicólogo de cabecera, decide que mi depresión (más la cantidad de situaciones extrañas que me vienen aconteciendo con el género femenino y el hecho se ser fanático de Racing), ha llegado a un límite muy por debajo de la litosfera y de todas las placas tectónicas de la Tierra con lo cual me deriva a una consulta psiquiátrica para medicarme con suma urgencia si quiero tener alguna esperanza. Un aliento bárbaro me dio van Uto, siempre el mismo pu... silánime.
La licenciada Viviana Old le hace honor a su apellido, debe tener 300 años aproximadamente si leo correctamente los surcos que atraviesan su frente, cara, manos, todo su cuerpo todo.



-¿Dónde me siento? -le pregunto cuando ingreso a su consultorio en San Telmo. Una casa antigua, y el cuarto que me atiende, repleto de libros viejos, algunas arañas en el techo (no lámparas) y un olor extraño a rancio y a vómito de varios días.
-¿Su nombre es? -pregunta ella ignorando mi consulta anterior.
-Guillermo. ¿Dónde me siento?
-¿Cómo el jugador de Boca? ¿Y el nombre?
-¿Qué jugador? Ya le dije el nombre: Guillermo.
-¿Palermo?
-No, no. Guillermo. Guillermo.
-¿Qué?
-Guillermooo -alzo la voz.
-Ah Guillermo, pero siéntese mi´jo, ¿qué hace parado? Siéntese ahí -me señala una silla.

Me siento, ella me enfrenta con otra silla y puedo ver su mandíbula desencajada, su pelo que no es su pelo, sino una mala peluca rubia que la hace aún más atemorizante, y unos ojos tan ojerosos que trasmiten una sensación muy lejana a la paz que buscaba.

-¿En qué lo puedo ayudar?
-Qué pregunta difícil, ¿por dónde empiezo?
-¿Qué? -Y se inclina para adelante acercando su oreja derecha a mi rostro para intentar escuchar.
-Le dije que es una pregunta difícil –repito elevando la voz nuevamente.
-¿Marabunta? ¿Dónde?
-"Pregunta", señora. "Pregunta". Nunca dije “marabunta”.
-¡Ah, mi´jo, hable claro! Ya me parecía raro.

Cuento hasta 5 para no putearla.

-Me separé el año pasado, mi ex mujer me engañó con mi mejor amigo, soy fanático de Racing, se la pasan perdiendo, mi ex...

Suena el teléfono del celular de la doctora (con un ring tone molesto: una versión de Xanadú cantada por Olivia Newton John y Travolta -Jonh también- pero extremadamente aguda) interrumpiendo mi presentación. Mrs Old atiende:

-¿Hola? -a los gritos, se pone de pie para atender - ¿Qué? ¡¡Hable más fuerte!! No, ahora no puedo, estoy con un paciente. Bueno, bueno, traeme unos espárragos, cebollas y tomates. Ah, y papas. Dos kilos. Sí. Sí. Gracias. ¿Qué? No te entendí. ¿Qué? Bueno, llamame después.

Se sienta. Me mira con sus ojos de mapache, y me vuelve a preguntar.

-¿En qué lo puedo ayudar?
-Ya le estaba contando.
-¿Qué?
-QUE YA LE ESTABA CONTANDO PERO SU TELÉFONO...

Es cuando un reloj cucú (sí, un reloj cucú... increíble) suena con un ruido espantoso. El pajarraco que sale parece una versión aggiornada del dibujito de Piernas Locas Crane. Unas campanitas ayudan a amplificar el estruendo general. El sonido “cucú cucú” de fondo se hace insoportable.

-Disculpe, ¿cuánto dura ese cucú?
-¿Qué?
-¿QUÉ CUÁNTO DURA ESE CUCÚ?
-¿Qué cucú?

Cuento hasta 10 ahora para no putearla.

-¿CÓMO “QUÉ CUCÚ”? ¿NO ESCUCHA EL RELOJ INFERNAL QUE ESTÁ DETRÁS SUYO?
-Ahhhhh, ¿el cucú dice usted, mi´jo?
-SÍ, EL CUCÚ SEÑORA.
-Dura dos minutos más, no se ponga ansioso. Quizás debamos medicar esa ansiedad que no le favorece. Podemos empezar con algo natural, yuyo u hongo.
-¿Yuyo u hongo? ¿Me habla en serio?
-¿Qué?
-DIJE YUYO U HONGO... ¡¡¡QUE USTED NO ESCUCHA UN PORONGO!!!

Suena otra vez Xanadú y mismo procedimiento. La doctora se levanta y contesta el celular a los gritos. El cucú por suerte cesa su tortura en ese momento.

-¿Qué? ¿En dónde? Ah, de ahí traete medio kilo de carne picada, y unas costillitas de cerdo. ¿Qué? No, de la carnicería, no de la heladería. Dale. Bueno, bueno. Ahora no puedo que estoy con un paciente.

Corta, se sienta, me mira. Sonríe. Me aprieto los huevos con una mano para distraer mi atención y no mandarla a la putísima madre que la parió.

-¿Me decía?
-Sí, le decía que me separé de mi mujer hace más de un año y que...
-¿Qué?
-QUE ME SEPARÉ DE MI MUJER HACE MÁS DE UN AÑO, Y TENGO PROBLEMAS PARA RELACIONARME CON LAS MUJERES. SIEMPRE ME SUCEDEN COSAS EXTRAÑAS QUE ME HACEN DUDAR QUE MI VIDA SEA REAL. SUELO PENSAR QUE SOY UN PERSONAJE MEDIOCRE DE ALGÚN DESALMADO ESCRITOR.
-¿Qué tiene que ver un Castor con las arañas?
-¿Qué arañas? ¿Qué Castor? ¿De qué habla?
-¿Qué?
-DIJE ¿QUÉ ARAÑA? ¿QUÉ CASTOR? ¡Y BASTA CON LOS “QUÉ”!
-¿No habló de cosas que lo arañan? ¿De un desalmado castor?
-Cosas "EXTRAÑAS", dije. "Extrañas". Y un desalmado "escritor".
-Por eso, castor.
-ESCRITOR. ESCRITOR.
-Escribir, claro. Esa es una buena idea para controlar su ansiedad, señor Palermo.
-GUILLERMO.
-Eso, y los yuyos y los hongos.

El reloj cucú vuelve a sonar con toda su furia. Las campanas repican. Y Xanadú se suma al baile.

-Es la hora mi´jo.
-¿Ya?
-¿Qué?
-Dije que “¿ya?”. Si no pasaron ni 15 minutos.
-¿Qué?
-QUE NO PASARON NI 15 MINUTOS
-No, no me interesan los putos, y menos si son tantos. Hablaremos de su inclinación sexual más adelante. En la próxima sesión.
-Yo no tengo ninguna lesión, Dra Old.
-Ay mi´jo, no dije “lesión”. Dije “sesión”. Le voy a dar una receta para unos antidepresivos y una orden para ver a mi amigo el Dr. van Gogh, que es un excelente otorrinolaringólogo. Necesita verse esas orejitas, Sr Palermo. Usted no escucha muy bien que digamos. Por lo pronto, lo veo la semana que viene a la misma hora. ¿Se sintió cómodo por ser la primera vez?

Cuento hasta 20. Cuento hasta 30. Pero nada me tranquiliza. Decido esperar a que el Cucú se calle para mandar a la vieja chota a donde se merece, y no precisamente al otorrincólogo o cómo corno se llame.

9 may 2011

Eusebio, las flores y los mosquitos





El tipo tiene la misma remera todos los días. No me quiero ni imaginar el olor asqueroso que debe desprender. Y los mismos pantalones de jean agujerados por todos lados. No me fijo nunca si tiene las mismas zapatillas porque nunca miro los pies de las personas. No sé, no debe interesarme demasiado lo que usan.
El tipo siempre está parado en la misma esquina. A una cuadra de la casa de mis viejos. O sea, mi casa ahora. Y cada vez que llego del trabajo, o vuelvo del almacén de comprarle las galletitas a mi vieja, o del veterinario pa´llevar a Baboso (el perro de mi viejo), se me acerca y me ofrece comprar su mercadería.

-5 pesitos nomás, ¿querés?
-No, no tengo a quién –respondo siempre.
-5 pesitos nada más, tomá.
-No, ya te dije que no. Gracias.

El tipo vende flores. Siempre te ofrece un ramito preparado. Me olvidé de contar eso. Es como que te refriega por la cara todos los días que estás solo. Me da ganas de meterle una docena de orquídeas en el orto.

-Eh, Guille –me grita Juan Pablo cruzando la calle – ¿A dónde vas? Justo iba para el bar.
-Estaba llevando estas camisas a la tintorería de la otra cuadra para que me las planchen.
-¿Pero vos no vas a la tintorería que está cruzando la avenida?
-Sí, pero están de duelo. El japonés se murió.
-No me digas eso. Yo le dejé mis pantalones el lunes. ¿Qué le pasó?
-Ni idea. Según dicen un ataque el corazón mientras laburaba.
-Noooo.
-Y sí, se ve que mientras planchaba, se quedó seco.

Nos reímos porque la frase sale sin pensarla.

-Dale, que dejo las camisas y nos tomamos unas cervezas.

Las mesas del bar están ocupando casi toda la vereda. Los transeúntes deben esquivarlas molestos y no dejan de golpearte cada tanto con una bolsa de supermercado o alguna cartera de dama. Si pasa una de esas viejas quejosas, también ligas un empujón justo cuando estás a punto de tomar un café y siempre terminás quemándote las bolas. Por eso, si no estamos dentro del bar ya no optamos por infusiones y siempre vamos directo a la cerveza.

-¿Alguna novedad? – consulta mi amigo.
-Sí, ¿te acordás de Sofía?
-¿La decisión de Sofía?
-No boludo, no de la película. Me refiero a la prima de Alejandro.
-¡Ah! Esa Sofía. Sí, me acuerdo. ¿No estaba casada? Además bastante fiera era la gurisa.
-Pará, no te adelantes. Alejandro le contó que me separé y ella tiene a una amiga que está sola, entonces pensó en mí.
-Veo, veo. ¿Edad?
-40.
-Las peores. Las más maniáticas.
-¿Vos decís? Bueno, ahora que lo pienso, Sofía me alertó de varias cosas.
-¿Por ejemplo?
-Que es una mina que le gusta ir muy despacio. Que no le gustan los detalles románticos porque dice que no son creíbles al principio. Que es muy chapada a la antigua.
-Una papa, nene. Así son la mayoría. Te la hago fácil: ¿dónde la pensabas llevar?
-A cenar a…
-Arrancaste mal. La cena es romántica. Algo más simple. Almuerzo, en la costanera, un buen asado y vino tinto.
-¿Te parece?
-Me parece.
-Buenísimo. Te voy a hacer caso. ¿Costanera? Ok, ok. ¿Me prestás el auto no?

Sábado a las  11.00 en punto salgo a buscar a Verónica. El tipo de la esquina me ofrece un ramo de flores nuevamente.

-Dale pibe, esta vez me lo llevo.

Claro que me olvido que a Verónica no le gusta este tipo de detalles, me sonríe cuando se las doy al llegar a su casa y acepta las flores de compromiso.

-No tenías que molestarte –me dice sonriendo.
-No, ninguna molestia. Las venden en la esquina de casa. Son baratas.
-Ah –y esa exclamación es suficiente para darme cuenta que la embarré más. 

Paro el auto en una parrilla de la Costanera. Sol pleno, río de fondo. Hermoso día.

-Pedimos una parrillada para dos, ¿querés?
-No me gusta la carne.
-Ah –le digo y cambio de tema rápidamente -¿Parece lindo el lugar no?
-Sí - dice escueta.

El mozo nos acerca el menú y observo nervioso que lo único que tienen es carne. Todo tipo de carne: ovina, caprina, porcina, vacuna. Conejos, gallinas, ratas y todo bicho que camina va a parar a la cocina. Levanto la mano y le grito:

-Garzón.

El mozo gira, me mira pero no contesta.

-Garzón –vuelvo a gritarle poniendo un tono francés delicado.

Un tipo que está en la barra le toca la espalda al mozo y le comenta “Me parece que te llaman a vos, Eusebio”. “¿A mí? Pero yo no me llamo Gastón”. “Y yo qué sé, ya sabés qué raros son estos turistas”

-No soy turista –le grito porque se escucha todo.

El mesero se acerca enojado.

-Disculpe, en el menú hay sólo carne, ¿no tienen pastas, minutas u otra cosa? –indago.
-Esto es una parrilla, señor –contesta aún enojado.
-Sí, ya sé. Sólo preguntaba, por las dudas, nunca se sabe, ¿vió?.
-No hay pastas, minutas u otra cosa. Sólo carne, señor. Salvo que quiera el postre ahora.
-Qué bárbaro... y bueh... Gracias garzón.
-Me llamo Eusebio.
-Pedí carne nomás, Guillermo. No me va a matar una vez que coma –interviene Verónica.
-¿Alguna especialidad, Eusebio?
-¿Puede decirme mozo?
-Sí, puedo.
-Entonces dígalo.
-En realidad mozo es el que sirve en las cárceles, pero dale, como quieras. Mozo.
-Gracias.
-De nada.

Y Eusebio se va.

-¿Le pediste algo? –me dice Verónica.
-No, no me dio tiempo, y ahora me da miedo llamarlo.
-Ah –exclama.

Y nos quedamos en silencio. Hasta que Verónica me pega un cachetazo.

-Pará. ¿Qué hacés loca?
-No, perdoname. Tenías un mosquito gigante en la cara –me dice contrariada.

Y es cierto. Nos invaden un millón de mosquitos. En realidad, llamarlos “mosquitos”, así en diminutivo, es faltarles el respeto, porque son moscones, helicópteros en realidad. Empezamos a tratar de matarlos... antes que ellos nos maten a nosotros.

-¿Llamó señor?
-No, no.- le digo mientras le pego a uno de los insectos después de que me picara en un ojo.
-Levantó la mano, señor.
-Sí, para matar a los mosquitos, ¿no ve que estamos tratando de cazarlos?
-Aprovechá y pedile la comida –me aconseja Verónica.
-¿Qué querés?
-Lo que sea.
-Garzón.
-Mozo.
-Como sea. Traenos una ... quedate quieta Verónica, tenés una avioneta en la cara.
-¿Una avioneta?
-Terrible mosquito –traduzco.
-Sí señorita, lo que dice el señor es bien cierto.
-Decile al serbio ese que no necesito que me aclare nada.
-Serbio no. Eusebio, Eusebio –aclara el gar... mozo.
-¿Por qué hay tantos mosquitos acá? –le pregunto mientras acerco mi mano a la frente de Verónica.
-¿Será que vienen porque ustedes le festejan las gracias? –pregunta retóricamente el mozo.
-¿Eh? –le digo.
-Claro, si los están aplaudiendo.
-Ah –exclama Verónica y luego –Ayyyyy – después que le doy terrible mamporro y sus anteojos negros vuelan por el aire manchados de sangre. Su sangre, antes en el labio, que antes estaba cerrado, antes de rompérselo del golpe.


Cuando llego a casa muerto de hambre y todo picoteado, y golpeado (por Verónica y el Eusebio ese, que se terminó levantando a la mina en cuestión), el tipo de la esquina me vuelve a ofrecer un ramo de flores. Decido que el plan de la docena de orquídeas es el ideal para cerrar la velada.

1 abr 2011

Miedo en la noche (o táctica de la película de terror)

-Hoy viene una mina a casa -anuncio triunfante en el bar mientras fumo mi nicotina diaria.

El Tarta está con la mirada perdida aún en su amor imposible. Juan Pablo inclina la cabeza y levanta los hombros a la vez que murmura muy bajito: "ahí vamos otra vez", casi como resignado.
Daniel sigue tratando de atrapar alguna aceituna con el escarbadientes y por último, Tapón, está chateando mediante el celular con su amante, sonriendo eróticamente (señal que la mina le debe estar comentando sobre su ropa interior o la ausencia de la misma).
O sea, nadie me da pelota.

Golpeo fuertemente la mesa con un puño (se vuelcan algunas cervezas y palitos, papas fritas y aceitunas vuelan por el aire).

-He dicho que esta noche viene una mina a casa, carajo -grito.

Imposible ignorarme, finalmente consigo la atención que reclamo.

-¿La conocemo' ? -pregunta Daniel intrigado.
-No, carne fresquita -contesto- amiga de un compañero del laburo. La conocí en un after office hace unas semanas y charla va, charla viene. En fin... Hoy es el día.
-¿Qué planes tenés? -consulta Juan Pablo y se le vislumbra en su cara las ganas de corregir cualquier estrategia que mencione a los fines tácticos de la conquista.
-Una peli de terror es la excusa. Voy a cocinar algo, y cuando el miedo se apodere de ella y me abrace temerosa, ¡¡blummm!!
-¿Blummm?
-Sí: “blummm”.
-¿Qué qué ee sisi signi fifi caca bluuu blummmm?
-Blummm, nene. O sea, zas, catapufete, viva la pepa. Aleluya.
-Lo que Guillermo quiere decir -me traduce sin necesidad Tapón- es que se la va a garchar.
-Siempre con la palabra justa vo'.
-¿Y qué peli van a ver?
-Ah, no lo pensé aún. Cualquiera.
-Error -dice contento Juan Pablo al marcar un detalle- Tiene que ser la película justa. Si es mala, se te duerme. Si es violenta, se pone frenética. Tiene que tener la dosis justa de suspenso y terror.
-¿Y me recomendás alguna, experto?
-“El último exorcismo” está buena.
-Titi, titi -agrega el Tarta.
-¿Un mono titi? ¿Dónde? -pregunta Daniel mirando para todos lados.
-Titi, titi, titi burón.
-Si es posible una nueva, Tarta.
-Hay una que se llama “Yo tomaré tu alma”, esa le puede gustar también.
-Si Si Si –repite el Tarta.
-¿La viste?
-Si Si Psi co co co sis –logra terminar.
-De este siglooooo –le ruego.
-“Actividad Paranormal”, con esa, la mina se te caga toda –aporta Tapón.
-¡Un momento! –exclama Juan Pablo contrariado- Hay algo que no entiendo. Vos estás viviendo con tus viejos, ¿dónde los pensás esconder?
-Bueno, la verdad que me sacas un peso de encima, porque no sabía cómo iniciar esta conversación. Necesito que me prestes tu casa esta noche.
-¿Mi casa?
-Tu casa.
-¿Mi casa?
-Sí, ¿otra vez la misma pregunta?  Sí, sí, tu casa. No seas así. Es por una causa justa.
-No sé, mi casa, no sé. Me da cosa. ¿Está buena la mina?
-Está buena.
-¿Qué tan buena?
-Un 8.
-Imposible, un 8 no puede darte bola a vos. No te presto nada.
-Ok, ok, admito que me pasé con la calificación. Tal vez un 5, o un 6 con toda la furia. Pero...
-¿Pero?
-Tiene terribles tetas.
-En ese caso, la casa es tuya. Choque esos cinco.


A las 22.00 hs, Estefanía (la candidata de terribles tetas) toca el timbre del departamento de Juan Pablo. Le abro, me muestra sus molares perfectos y blancos, y me dice:

-Traje helado y un DVD que hace mucho quería ver: “La llamada”. ¿Ta va?
-Dale, sí, cualquiera está bien –le respondo rogando que la película sea lo suficientemente terrorífica para mis diabólicos planes.

Velas aromáticas en el centro de mesa. Luces tenues. De fondo, “Claro de Luna” de Beethoven, primer movimiento, bien suave y un recopilado de música clásica.
Para comer unos canapés y brochetas de entrada. Ensalada de escarola, achicoria y berros con un toque de ajos y aceites de oliva.
Plato principal: Salmón con Manzana, y vino, infaltable a la hora de la seducción.
Los anécdotas se suceden y las risas nos acompañan mientras degustamos los platos. Nos miramos. Sonreímos cómplices del romanticismo que invade el ambiente. Un beso lento y tibio cierra la cena. Inmediatamente Estefanía se acerca y me susurra al oído:

-Qué lindo momento –le entiendo.
-Sí, hermoso momento –afirmo.
-No –niega con la cabeza- Te dije que tenés feo aliento –corrije.

Me lavo los dientes en el baño con el dedo porque no traje mi cepillo. Uso la pasta especial de Juan Pablo para besos: “mentol ultra refrescante, para chupones  inolvidables”... dice una etiqueta que mi amigo le agregó al dentífrico.
Le señalo la pieza a Estefanía y nos dejamos caer en una enorme cama de dos plazas, frente a una TV de 50 pulgadas que cuelga en la pared. Reproductor de DVD conectado a un terrible Home Theatre que abarca 5 parlantes gigantes ubicados estratégicamente en la habitación.

-Sacate las botas, así estás más cómoda –le sugiero y ella obedece sumisa.

Apago las luces y me hago mierda contra uno de los bordes de la cama al intentar acercarme a esta. “Lógico, no se ve un carajo” me respondo mentalmente mientras me acaricio mi ex rodilla izquierda, destruida en el impacto.

-¿Estás bien? –pregunta Estafanía.
-Sí, todo bien. Un pequeño accidente. Un golpe no derriba a un roble. –me río y prendo la TV que ilumina lo suficiente para que no me haga percha nuevamente.
Coloco “La Llamada” en el reproductor, cierro la puerta, y dejo que el silencio del ambiente, la oscuridad y el clima de la película haga el resto.

-Apoyate en mi pecho –le pido a Estefanía y nos tomamos de la mano mientras su cabeza, delicadamente, se acurruca sobre mi ser.

Apenas transcurrida media hora de la película que ni nos hablamos mientras nuestros ojos se mantienen sin pestañear atentos al film. ¿Ustedes vieron “La Llamada” (The Ring)?  Bueno, resulta que hay una nena muy muy mala, bastante despeinada y lúgubre que le quita el sueño a cualquiera.
Las uñas de Estefanía se clavan en mis manos y mis uñas se clavan en las de ella. La aprieto fuerte. Muy fuerte cuando la música, esa musiquita de mierda de terror, sacude la habitación, pregonando que se viene una escena impactante.

-Me lastimás –me dice.
-Callate, no hables que me asustaste –le pido al borde del llanto.

Tengo las piernas entumecidas de tanta rigidez y temblor. Los dientes me rechinan. Transpiro como nunca y empiezo a escuchar sonidos lejanos.

-¿Qué fue ese ruido?
-¿Qué ruido? –me contesta Estefanía.
-Ese, boluda. Escuchá.
-Es el ascensor, tontito.
-¿Estás segura?
-Sí, tontito, estoy segura.

Un grito en la película es replicado con un grito agudo aún más fuerte. Un grito mío. Me abrazo y los huesos de Estefanía rechinan ante la presión.

-Otro ruido. Otro ruido.
-Shh. No seas tonto.
-A mí no me shuushes. Fue un ruido clarito, y viene del baño. Andá a ver.
-¿Yo? Soy la invitada. No me digas que tenés miedo.
-Ja, ¿Miedo yo? ¿Miedo yo? Ahí está, ahí está: ¿Escuchaste? Un ruidito.
-Debe ser alguna cañilla abierta.
-Ahhh, la puta madre. ¿Estás segura? Yo escuché como unos pasos. ¿Estás segura? Para mí vino del living.
-No, tontito. Viene del baño. Dejá que te acaricie así te tranquilizás.
-No, no. No me toques. No me toques.

Y ahí es cuando un resplandor y la música de fondo en la película va en aumento y veo claramente la cara de Estefanía, fantasmal, despeinada. Y grito. Grito como nunca grité en mi vida. Tan agudo el grito que parece perforar paredes y romper vidrios en su paso. Ella también grita, asustada por mi alarido.
Inmediatamente Don Ramón (el vecino, guardia de seguridad) golpea la pared lindante clamando silencio.

-Que esa histérica deje de gritar como loca, que quiero dormir –aulla.
-Yo no estoy gritando –se defiende (a los gritos) Estefanía.
-Vamos a morir, todos vamos a morir –atino a decir acurrucado contra la cabecera de la cama, sujetando enérgicamente la almohada.
-Que se callen –sigue gritando Don Ramón.
-Apagá la TV. Apagala. Apagala –le pido a Estefanía.
-¿Dónde dejaste el control? No lo encuentro.
-Dale, boluda, que ahí viene la pendeja de vuelta.
-A mí no me digas boluda, pelotudo.
-Más pelotuda serás vos. Daleeeee boluda. Ahí viene, ahí viene. ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!! Ahí está te dije, boluda. Apagala. Apagala.
-¡Que se callen, mierdaaaa!

Un portazo anuncia la salida de Estefanía del departamento.

-Boludaaaaaa, no te vayas. No me dejes solo.
-Callate histérica –vocifera Don Ramón del otro lado de la pared.

Y la chica de la película sale de la televisión que está dentro del film. No sé cómo explicarlo Tendrían que verla. Que me da... Que me da ... Que me da un infarto. ¡Ay, la puta madre! Que alguien apague la puta TV, el puto Home Theatre, y que prenda la puta luz. Que me da, que me da...
Trato de encontrar el control remoto perdido entre las sábanas de la cama, y encuentro una cajita de preservativos sin abrir. Dominado por el terror, la abro y protejo 3 dedos con los mismos, en una acción inútil y desesperada que no logro entender aún conciente de lo que estoy haciendo. “Si muero, me van a encontrar con esto en los dedos, y ahí sí que me van a llamar no forro, sino reforro, triplemente forro”. Los pensamientos siguen invadiendo mi cabeza. El sonido de la película es insoportable, mis gritos apenas pueden ocultarlo e incluso son en vano a tal fin los golpes, cada vez más cansinos, de Don Ramón contra la pared.

La tortura concluye cuando la película llega a su The end y el ruido chirriante de la TV sin señal logra finalmente desmayarme.

1 mar 2011

La estrategia de las remeras con frases llamativas

Son cerca de las 19.00 hs cuando nos encontramos con Juan Pablo en un bar por Recoleta. Nos pedimos una cerveza fría y una picadita para compartir. Mientras morfo una aceituna le comento:

-Sabés que en mi laburo a la tarde vienen siempre a tomar unos mates dos ex-empleados . Obvio que el turro del Gerente de RRHH no sabe nada, sino nos sanciona a todos. Pero como los chabones son macanudos, los hacemos entrar por la puerta de atrás.
-¿Y?
-Y nada, no sé, acá comiendo la picada, me vino a la mente. Uno de ellos estudia abogacía, el otro medicina. La idea es fusionarlos e inventar un nuevo tipo de empleado que pueda destruir a la empresa con medicamentos sindicales o algo así.
-Pensamientos estúpidos. Se nota que estás al pedo. ¿Qué tal tus vacaciones?
-Nada, unos días en la costa.
-¿Fuiste sólo?
-Nos fuimos con el Tarta. La próxima podés prenderte también. ¿Vos dónde fuiste?
-Me fui con Andrea en un Crucero por el Caribe. Impresionante.
-Sí, esos barcos son gigantes.

Juan Pablo me mira enojado

-¿Qué barco ni barco? Impresionante Andrea. No sabés lo que es esa mina en la cama. Me dio vuelta
-¿Literalmente? –le pregunto sarcástico.
-Sí –contesta sin inmutarse.

Nos quedamos callados dos minutos.

-En fin –le digo para romper el silencio- con el Tarta decidimos emplear un nuevo método de conquista.
-¿Alguno de los míos?
-No. Este método es nuestro. Pusimos en marcha la estrategia de las remeras con frases llamativas.
-Ampliame
-Ok. Playa: O sea arena, mar, sol, bikinis. He ahí el paisaje.
-Sí, sí, culos y tetas.
-Culos, tetas, sí. Pero curvas sobre todo, cinturas diminutas, pieles bronceadas y húmedas, caritas... Por dió, ¡qué caritas! Sonrisas hermosas, desfiles interminables... Todo ello terminó con la pelota paleta que jugábamos con el Tarta y concluímos con la temida realidad: La mujer es necesaria.
-Siempre y cuando no sean trolos –replica Juan Pablo.
-No es nuestro caso –me defiendo.
-Igual me permito disentir -la voz que se une a nuestra charla es la del mozo, que se acerca con una nueva cerveza -Disculpen que me meta, pero no pude evitar oír y me es imposible no emitir un comentario
-¿Dice que somos putos? –le pregunto furioso.
 -NO, no me refería a eso. Hablabla de la supuesta “necesidad de una mujer”. Mi tío (que en paz descanse) solía decir: "Si la mujer fuera buena, ¿por qué entonces Dios está solo?"
-Muy sabio su tío, ¿hace mucho murió?
-No, no, está de vacaciones en Brasil.

Con Juan Pablo nos miramos pero no le decimos nada.

-Y es más -agrega el mozo que no largaba la cerveza- cuando Dios quiso tener un hijo, lo tuvo por obra y gracia del Espíritu Santo... Ni ahí apareció la mujer.

Asentimos, "la cervecita, por favor" le señalamos, y finalmente el mozo se va.

-Hay que admitirlo, tiene algo de sabiduría lo del tío este -sonríe Juan Pablo.
-Mirá, yo no soy el Espíritu Santo y mucho menos un santo, así que continúo con mi anécdota: Luego de tanto tiempo en la playa mirando mujeres sin cesar...
-¿Cúanto tiempo?
-Como diez minutos. Luego de tanto tiempo, decía, decidimos con el Tarta implementar la estrategia de las remeras.
-¿Que consiste en...? - pregunta Juan Pablo.
-Agudizar el ingenio por medio de la literatura. Ergo, fuimos a comprar unas remeras lisas y les estampamos leyendas graciosas para conquistar a las nenus.
-¿Por ejemplo?
-Bueno, hay algunas ya conocidas en Buenos Aires, como por ejemplo: "Soy invisible, sólo los boludos me ven". Esa ya estaba estampada y el Tarta se la probó y lo estamparon pero con una trompada, justo en el ojo derecho le dieron, un grandote que se ve no era muy divertido que digamos.  Consecuencia de esto, el Tarta no fue a la playa por tres días hasta que el ojo se le deshinchó. En cuanto a las remeras, para no pelearnos con el Tarta, cada uno eligió frases distintas sin decirle al otro qué había elegido y las dejamos encargadas en el negocio.
Yo comencé antes con el experimento mientras el Tarta se quedaba en el hotel donde parábamos. Así que al otro día temprano, tomé el bronceador, la sillita, la sombrilla y con mi bermudas hasta las rodillas, ojotas, anteojos negros espejados (fundamentales, ahora te amplío) y mi nueva remera, fui a probar suerte.
-¿La leyenda de la remera?
-Ahh, sí, le puse en el frente "Busco Novia" y en la espalda "Soy Tímido, Encarame".
-Ja, muy bueno. ¿Y cómo te fue?
-Dejame que te cuente antes la importancia de los anteojos negros espejados. Te acercás a la orilla como si espiaras el horizonte, tu cara apunta hacia un lado, pero nadie sospecha en donde se posan tus ojos, es así como podés apreciar tranquilamente (sin sentirte juzgado) las tetas, los culos, los escotes, las piernas, en fin, todo lo que quieras y nadie sospecha nada. Es como ser invisible.
-Sí, sí, ¿y la remera?
-Bueno, eso me complicó un poquito la invisibilidad, porque realmente logró llamar la atención. Pero no fue lo que pensaba.
-¿Qué pasó? -pregunta ansioso Juan Pablo.
-Las chicas que valían la pena, pasaban y esbozaban una sonrisa o se cagaban de la risa directamente. Otras tiraban epítetos como “forro”, "qué pajero", "viejo de mierda" y las más hirientes "qué boludo importante".
-Mal.
-Sí, al otro día probé con una que decía “Soy feo, pero cariñoso”, pero no hubo caso tampoco. Esto siempre aplicable a las chicas con puntajes del 6 al 10. Porque con las otras, especialmente las viejas, tuve un éxito fabuloso.
-¿Y el Tarta?
-He ahí lo mejor de la historia. Como te había contado, dejamos las remeras encargadas y cada uno le dijo al muchacho que nos atendía, lo que queríamos que estampara. Así que cuando el Tarta se puso bien del ojo, él se fue a comprar las facturas y yo me fui a buscar su remera. No abrí la bolsa como me pidió, porque quería que fuera una sorpresa. Entonces, de nuevo la situación: playa, arena, mar, sol, culos, tetas. Ahí nos encontramos. Yo resignado me pongo una remera que dice: “Soy un monstruo en la cama, probame”, pero al ver que empieza a llover una catarata de insultos, desde “guarango” a “mal educado”, pelé la panza de cerveza  al aire, un faso y decidí dedicarme a observar atrás de mis lentes negros. El Tarta se hacía desear mientras tanto. No se ponía la remera ni daba indicios si lo iba a hacer. “¿Qué esperas?” le dije, y me contestó: “el momo mo mo momomento a a de cucu cucuado”.
-¿Y?
 -Bueno, la cosa es que ya conocés al Tarta, tenía miedo. No estaba seguro de haber elegido la frase correcta, y le tenía pánico al fracaso o al ridículo. “Decime la frase” le rogué, y finalmente la confesó: “SOY PODEROSO, SOY TUYO”.
-No está mal.
-Sí, ni mal ni bien. Correcta te diría. Así que le dije que se la ponga sin miedo, que como mucho iba a pasar desapercibido. Se armó de valor, sacó la remera, se la puso a los pedos y salió corriendo a la orilla a mostrarla orgulloso. Y ahí se armó. La gente que pasaba la decía al Tarta que era una mierda, y los más chiquitos lo señalaban y le decían caca.
-No entiendo.
-El boludo que tomó nota de las frases, se ve que no le tuvo paciencia al Tarta y estampó en la remera: “Soy POPO, POPO, POPO”.